noviembre 16, 2010

Cielo sentimental

El cielo es sentimental; cada vez que se enoja se pierde, se vence, se expande. Los vientos huracanados son sólo un aletear de emociones, en antesala a su redención.
Las llamas endógenas, camufladas en una cama de cal, se hacen bolas ardientes, se precipitan con un despertar; lleno de rencor vaticinado.
El fuego, las lenguas y el quejoso dolor se revuelcan sin pudor ni reparos. Son los únicos que tienden a vivir sin temor a su propia muerte. Se baten, caiga quien caiga.
Y es tan sentimental, que odia a su propia Madre. Odia su perfidia, su abandono y su maldita enseñanza; pero justa como deidad. El aire se hace ardor y el humor se atomiza... ¡Oye, tiende a critiquizar! Este se graniza, pierde estabilidad; se cuece y desaparece derritiéndose en el llevar de los ósculos cobrizos.
El manantial que jura su alma, se vio nacer... se vio secar. ¿Puede un hombre ser el dios sin dios, ante la Madre sin sus hijos? ¿Puede la tierra volver a germinar con los rayos maternos? ¿Puede la tierra parir una triste realidad?
La felicidad es un invento triste, ya que siempre se va. Termina, acaba, se funde en una sinapsis cerebral; se disipa siendo solos recuerdos de segundos inamovibles. Es un remolino de chantajes, de piedras, de locura; es un vaivén, es un contar. Es un perro sensible y a la vez, nocivo. Es su naturaleza explotar y hacerse escombros para albergar otros sentimientos natos , curiosos y ansiosos, desembocados, como dijimos, en un afligido renacimiento estéril; pues, a veces, para con extraños, para nada sirve la bondad.

Sus fuertes debilidades son dueñas de tu mala suerte. Te mecen, te arrullan, te cantan en trueno en la primera luz del día y te escupen; pues te pasan la mano por la frente sin una gota de amistad. Te conviertes en un ser despreciado, condenado a no tener ciudad. Por tratar con gente consumida, que te alimenta por darles cuerda al vacío de su necedad.
Nada te devolverá lo que añoras. Nada te hará acreedor de su maternidad. Nada mientras no reveles lo que callas, nada mientras sobreestimes su carnal. Mientras no dejes de girar la ruleta del revólver, jugando a ser papá, en tormenta... ¡Entiende! Estás fuera de estación...

¡De su amor, de su deidad, debes ser merecedor ante cualquier otro rufián!


11/16/10 23:59

octubre 29, 2010

Todos vuelven (3)

Déjate morder, perra, que no... no hay nadie. Todos se han ido y el despecho nos promedia la pena. El calor de tu vientre me abre la puerta e ingreso, frío, con hambre de tibieza. Porque cuando las sábanas esteparias de tu cuerpo ceden, es ahí cuando las dagas pendencieras te atraviesan. Las cúpulas de amor se aligeran y alcanzamos el beneplácito de nuestras quimeras.

Pues, la calle es un lugar que dondequiera que caiga, podría encontrar desde lo más ínfimo hasta la belleza, desde lo más rígido hasta la mayor presteza, desde lo más burdo hasta la selecta conciencia; de esas a la cual, en alguna, tú perteneces. Mas no interesa. Da lo mismo, todos esta noche oirán tu destreza.

Tus mañas, tus compadres y tus ganas azoradas no te salvarán ni en tinieblas. Ya que todas ellas te hundirán en el azul vivo de una candela enardecida, a las oscuras de la bóveda estrellada.

Yo sé que eso te gusta, tanto como a mí, ver el tragaluz desde abajo. Es por eso que yo quemo mis energías para que las transformes en alimento de ratas.

¡Déjate morir, déjate asfixiar, perra! ¡Déjate aplastar por tus sueños! Que seré tu esclavo sólo en suprimir tu acción romántica y verdadera. Mi trabajo es desmentirlo, como el tuyo advertir lo que queda. Nadie aquí es alguien, son sólo sueños absurdos queriendo morder una mariposa ebria.

Ambos buscamos y nunca dejará de ser así. ¿Por qué? Porque yo sé que te gusta... tanto como a mí.



08/14/10 16:50

octubre 25, 2010

Todos vuelven (2)

Era de noche y asentía; aceptando tragos clandestinos de bocas clandestinas. Las miradas de siluetas maquilladas se erguían cuando con la suya se batían. El olor, el sabor, junto con las sensaciones de extrañeza mal paridas, son cremas adustas y rastreras. Sólo basta inclinarse, hacer una seña y clavar la varilla: ¡Hemos llegado a tierras desconocidas!

De nuevo era de noche y asentía; tocando sus vástagos se reía... y que bien lo hacían. Ella humedecía sus labios, cerraba sus ojos y se vencía. El olor, el sabor de las manos amarillas, junto con las sensaciones de extrañeza mal paridas, son índole de sus más profundas alegrías. Sólo basta abrir la puerta, hacer una seña y hacer de la frente, una flor marchita.

Era aún de noche y asentía; vaciando sus fuerzas desde arriba... se derretía. Luego, la luz que entraba desde el diáfano del techo, desde sus ojos, parecía que se mecía. El olor, el sabor, el apacible sopor, junto con las sensaciones de extrañeza mal paridas, son recuerdos repetidos de una mente ufanada. Sólo bastaba cerrar la puerta, hacer una seña y alejarse cuatro días.


06/04/10 07:31

octubre 24, 2010

Todos vuelven

Todos reían. Él era una simple daga envainada, presuntuosa de su filo y de su fervor por la sangre coagulada. Las quijadas se abrían y absorbían los cúmulos de rosa, esas de carácter ajeno; saltaban como moscas y se olían como perros. Acostados y maltrechos, se besaban. ¡Quién habló de santas! ¡Quién habló de ratas! Pues de la epístola que colgaba del cuerpo del delito, emanaba odio, resurgía su venganza. Por la boca espumaba, en las sendas enajenadas.
"Descansa... descansa" le dijo. "Mañana será otro día... ¡Y quizá también te abata!"

Todos dormían. En la habitación, guarida de las sábanas, entre unos y otros, los seres reían. Congestionaban sus glúteos, apresuraban sus vidas; haciendo de la música, un concierto y un cementerio de recuerdos. ¿A quién le importa ya, dentro de los albores del existencialismo, dentro de las ínfulas de sus niñeros, ser padre, madre o hijo de sus remeros?
"Descansa... descansa" le dijo la puta al puto, mientras acomodaba sus delicados cabellos.

Todos morían. Los retazos de pan que se hundían en la laguna, eran desperdicios de la mente en las contracciones de los vientres. Dispersos, huían uno del otro, sepultando lo ya sepultado; temerosos, corrían en sentidos opuestos, en los círculos dionisiacos, pendencieros hasta la muerte.
"Descansa... descansa" le dijo el puto a la puta, mientras acariciaba su gastado cenicero.



05/14/10 17:19

julio 18, 2010

Sin cuenta de años

Supongamos que nuestra vida tiene como límite cincuenta años y si en caso queramos vivir más que esos cincuenta, tengamos que borrar algunos años para poder así dilatar nuestra existencia. Pero esos algunos años no pueden ser cualquiera. Deben ser necesariamente los del principio. Pues entonces, por ejemplo, si queremos vivir cinco años más, tendremos que borrar de nuestra memoria los primero cinco que vivimos.
Si lo hacemos así, sucesivamente, podremos vivir infinitamente.
Puede que justo los últimos años de nuestra vida se ofrezcan dichosos, dignos de prolongar y que justifiquen borrar los primeros por una felicidad inmortal. Entonces...
Perfecto, es un grandioso trato.

Aunque hay un detalle. Para mí lo hay. Los primeros años de mi vida fueron los más felices que he tenido hasta esta parte de mi vida casi media centenaria. ¿En verdad estoy dispuesto a borrar, y en consecuencia, a olvidar todo eso que viví y que pensé siempre tenerlos junto conmigo, a pesar de que ahora tan sólo son gratos y valiosos recuerdos de infancia? ¿En verdad estoy dispuesto a apostar semenjante valor? ¿En verdad estoy dispuesto?
Y...¿Si fallo? ¿Si al final no consigo esa felicidad y me quedo sin esa dicha, sin mis valiosos recuerdos y tan sólo con unos cinco vacíos años que únicamente me darían soledad y tiempo suficiente como para arrepentirme?

Es cierto que la oferta es atractiva, así como la promesa que me han dado. Aceptar el trato tiene un gran peso en la balanza de la decisión final, porque estoy casi seguro que estoy apostando a ganador. Mi felicidad está prácticamente asegurada; los números me apoyan, ya que tengo el mayor porcentaje de acertar en la decisión final del trato. Pero, como bien sé, los números son engañosos, debido a que mientras no se tenga el cien por ciento no se puede absolutamente declarse un ganador y asegurar el pozo prometido; en este caso, la felicidad infinita.

La promesa que tengo...la promesa que me han dado es...Muy Prometedora. Es perfecta. Quizá, mi Muy Prometedora promesa, sea más perfecta que la propia Verdadera razón inicial y raíz de mis primeros cincos años de infancia.

En fin, ese es el precio que debo pagar, ya que todo tiene un precio. Además, estoy acostumbrado a pagar el precio de mis decisiones.
Perfecto, acepto el trato.



10/12/08 --:--

julio 15, 2010

Normas del juego



"Empieza el juego; quien no haya llegado ya,
no juega. Se precisan 1000 puntos. El primer clasificado ganará un carro blindado nuevo. Menuda suerte. Cada día leeremos la clasificación por ese altavoz de allí. Al último clasificado le colgaremos un cartel que dirá "Asno", aquí en la espalda. Nosotros estamos en el equipo de los super malos que gritan sin cesar; quien tenga miedo pierde puntos. Entres casos se pierden todos los puntos: Uno, los que empiezan a llorar; dos, los que quieren ver a su mamá; tres, los que tienen hambre y piden la merienda. ¡Nada de eso! Es muy fácil perder puntos, porque hay hambre. Yo mismo perdí 40 puntos porque no pude aguantar y pedí un panecillo de mermelada de albaricoque y de fresa. Y nada de chucherías porque nosotros no os vamos a dar, nos las comemos todas. Yo ayer comí 20. Me duele la barriga, pero estaban buenas. Os lo aseguro. Perdona que me vaya enseguida, pero estamos jugando al escondite y sino me tocará parar."


09/22/06

junio 14, 2010



¿Y tú?
De: Lucía nombre3@hotmail.com
Para: Héctor nombre1.2@hotmail.com
Enviado el: Lunes, 16 de enero del 2006 03:57:22 p.m.



"Yo no sé. De repente tú apareciste en mis brazos y sentí revolotear mi vientre. Las sensaciones que causaste en mí, no eran típicas de una noche de verano; en las cuales yo me acosté primero, antes que cualquiera de ellos. Aunque, si bien es cierto, al menos me sentí cortejada. En cambio contigo todo fue como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo atrás, pero sin habernos visto en algunos años. Fue como un reencuentro, una cita a tientas de amar, sin el apuro de que se acaben los besos apasionados y mordidos. Pues, en efecto, fue así.

Verte, es tenerte presente, pero a la vez como si no llegaras nunca. Sólo apareces y desapareces. Verte a veces me hace daño y no tenerte, por momentos, me hace feliz. Tenerte ambivalente es una ambición costosa y narcisista de mi parte. Por favor, no me dejes sola con mi majadería. Deja que me sienta protegida por tu languidez y alpiste.

Anoche, cuando llegaste a mi casa, estabas rojo; como enojado. Yo sé que esa mujer, a quien perteneces en el fondo (pero sólo porque tú lo quieres así), finalmente ha llegado a controlarte y eres ahora su títere. Me atrevo a decir que nunca dejarás de serlo (me lo has demostrado). Quizá ese sea tu castigo, el ser siempre su admirador, por más que la tengas o la pierdas; en secreto o confeso.
Apareciste, como siempre de repente y entraste como en tu casa. Te echaste en mi cama y me jalaste hacia ti. Fue la segunda vez (te confieso) que me sentí poseída, usada y manejada en mucho tiempo.
No entiendo como es tan fácil para ti hacerme ser tu mujer, siendo yo la mujer de otro hombre. A veces no puedo contener mi risa o la tuya, mezclada con el asco que siento a ser un ente deleznable para ti.

Yo disfruto las atenciones que me da él (la "persona" aquella con la que estoy hace buen tiempo). Es un hombre compasivo, atento, repito, y muy absorbente. No hay nada que sus buenas intenciones no puedan cubrir y eso me gusta; pero también me gusta él. Aprendí a quererlo y vaya de que forma ahora lo hago. Contigo es diferente porque nunca dejé de hacerme gustar por tu indeferencia.
Tú eres un ser etéreo.

En realidad soy tan romántica como pensé; en realidad soy como tú. Nada nos importó y al iniciar todo esta cosa yo no pude anticipar tus apariciones. Hasta yo misma quería que traspases esa vaya de la normalidad y del existencialismo adverso a mis deseos. Y así fue, al principio. En realidad, ahora, sé que soy como tú. Mientras más voy creciendo, más te voy perdiendo."


".am.c.luc."



01/16/06 02:57

abril 29, 2010

¿La presencia del enemigo?

"...Me llaman el rey de las cantinas,
me llaman así por burlarse
los que no han sufrido una pena de amor.
Me dicen que soy un borracho,
no entienden que hasta el hombre más macho
también ha sufrido y llorado
cuando fue engañado por una mujer..."



Siento su olor y lo podría reconocer hasta en un mar de promesas 'reales y sinceras' a la luz de la noche. Es tanto así, que me provoca la risa más apestosa y rapaz que pueda existir (gracias también a los recuerdos) mezclada con mi trágica ironía y la confusa idea de la desazón. Todo porque ese olor... ese olor fue mi propio olor: El olor que las personas olían.


Fui el enemigo de muchos: El destructor, el estoque y el mortero de la esencia humana. El líbero terrorista más asolapado. Pero a la vez el calor para la reserva más gélida, los centavos de oro para la mano más indigente y el catolicismo para esas masas. El animal guía para la ceguera del alma en pena.

Ahora... ¿Qué es de mí? ¿Será real esta sensanción, o simplemente es mi olfato vagando por mis viejos aromas que, aún presentes por una mística resurrección de emociones, rondan en los recuerdos de distracción?

¿Qué es lo que soy? ¿Será que soy como un perro sabueso, viejo y experimentado, que ha encontrado y que espera sangre como su recompensa por su hallazgo, o simplemente soy como Tomás entre los presentes en la aparición de su Señor?

¿Quién es el enemigo? ¿Yo, tú, ellos... todos? Eso... eso no lo sé y cuando lo sepa iré a prisión.



"Moriré en prisión"





04/07/2007 23:40

abril 10, 2010

MIEDO con palabras

Héctor :: Juan
Los dos en el averno.
Hay una confrontación directa.
- Te lo dije... ¡Eres un imbécil!
-
- Eres un patán. Suscitas espanto.
- Cállate... - ¡Apestas! ¡Ahora baila monstruo! ¡Baila!
- Cállate...
- (Risas)
- (Silencio)
- Se vengará y te destrozará el cráneo.
- No sabes lo que hablas...es incapaz de hacer eso. No lo hará. ¡Porque yo no hice nada malo!
- ¡Mentira! ¿Crees que todo es tan fácil? Tus palabras no sirven. ¡No te creerá! (Risas) ¡La engañaste, se lo ocultaste y eso no lo puedes negar! ¡Mentiste atontado! ¡Mentiste!
- ¡Cállate! Que Tú sabes lo que pienso y hago. ¡No soy como Tú!
- ¡Bahh! No va a entender eso. ¿Quieres llorar? (risas) Que patético eres. Aunque pueda que tengas razón, lamentablemente sólo tú y yo gozamos de la verdad sobre tus actos. Créeme, eres presa mía. Lo hayas o no lo hayas querido.
- ¡A quién no debo creerle es a ti, Diantre altanero y rastrero! ¡Siempre malgastaste mi paciencia y me hacías delirar!
- De nada te sirve gritar...púdrete ahora que puedes. ¡Desaparece! ¡Siempre debiste hacerlo!
- ¡CÁLLATE! No hice nada malo y ni pienso hacerlo ahora. Talvez me pudra, pero no sucumbiré a tus manos, caudillo de malos pensamientos endógenos.
- Eres valiente para no morir. ¿A tan perversa mente de odio hacia ti y te haces el que confía en alguien?
- ¡No finjo! Creo. Confío ciertamente en que no seré traicionado. Es un presentimiento susano. La encontré y... - ¿...Y?
- (Silencio)
- ¡¿...Y?!!
- ¡Y no la perderé!
- ¡Mentira!
- ¡Muérete ya! ¡Estoy hastiado de ti! ¡Tú apestas! ¡Me transmites tu hedor! ¡Aléjate!
- (Risas) ¿Crees que de nuevo soy fácil de vencer? Pues no me iré. No hasta que me dejes.
- ¡Pero si Yo ya te he dejado hace mucho!
- No...no lo has hecho.
- Interrumpes mi respiración...
- ¿Qué?
- Malogras mi buen humor, haces de mí un insano. Haces de las personas ínfulas de propiedad, chocas con mi entendimiento, precipitas la mala suscepción. Me das azotes vanos, aires agudos en mis oídos, ahuyentas mi reamar, llenas de gases mi cabeza, golpeas a mi pertenencia, ensucias mi rostro, embarras mi fachada para alejar buenos y probos deseos de idilio. Abultas mi cuerpo de reptiles, exageras mi boca a critiquizar...
- (Silencio)
- Reemplazas manos tibias en el vientre por golpes secos a mandíbulas. Cambias por matemáticas, flores de buen gesto. Compras dolor por mí, haciendo que reaccione su mutable condición pueril. Alquilas mi cuerpo al menor postor a perfidia limpia. Intentas manchar mi mente con interferencias hormonales. Produces veneno a mi entrada. Guardas con sigilo mis verdaderas intenciones. Ocultas mis frases marciales en defensa a la tierra en la que me veo vivir. Haces de sueños límpidos, derrochadores de sexualidad y belleza, pesadillas de injurias hacia mí y hacia allá. Derivas esos tiernos lares que yo 'adoro' al basural que tiene por montones tu mente. Tergiversas mis ideogramas de convivencia sosegada de la conyugal hasta la filial. Derrumbas mis planes innatos de felicidad...
-
- Escupes después de pasarme la mano por la frente. Asqueas ese pobre y tímido despertar perteneciente a la primera cara del calendario pretérito. Menosprecias todo primer traspaso de sustancias creadas en el fondo de su organismo. Haces añicos los papiros en los cuales fueron escritas las primeras palabras de una gran y fuerte civilización dualista. Desobedeces las leyes fijadas en un bienestar total y compenetrado. Haces caso omiso al abrazo 'amigo' que busca seas parte del clan. Tratas de huir de esa ciudad en la cual las calles son limpias y su gente, de pasos lentos, hacen la prosperidad, incapaces de un mal obrar vaticinado...
- (Silencio)
- Haces de mí una lanza, la cual no traspasará la muralla de un anhelo 'utópico' de himeneo, sino la de una pequeña cardio-bomba de casi diecisiete años de uso. Haces una pócima ponzoñosa de mis deseos prestos a engullir. Transformas racimos de frutas frescas en tomates verdes, en los cuales las enfermedades abundan. Transmites sensaciones de desazón y de males incurables. Corroes buenas voluntades. Perturbas sueños de media noche con príncipes malhechores. Haces de las dueñas de cabelleras de gran largor, presas en la punta de una torre, unos entes repletos de idiocia precipitada. Conviertes sus paladares fabulosos y enamoradizos en insipidez total, buenos para nada...
- ¡No podrás! No po--
- Revientas los oídos ajenos con brutalidad y barbarie. Cortas, como un escalpelo, todo presagio de buena esperanza. Pues, pintas esa esperanza divina en mierda a mil colores. Haces trueque: sangre por furia. Tratas de hacer la broma perfecta de un tipo que se toma las cosas en serio. Haces que no tenga palabras francas para despedirme. Porque un lamento no significa nada para ti. Silvas a mujeres desnudas, de esas que no tienen ni la más mínima idea de defensa. Juegas con mis anhelos...a eso que le llamas inversión. ¡La base de tu felicidad es la mentira!
- Pagarás por esto, Héctor. Lo pagarás...
- Lo siento. El averno puede esperar por mí aún.
- ¡Maldito encabr-!
- Te alimentas de viveza. Ese pez gordo que tienes es el mal, mas no la sutileza. Oh, galimatías. Buscas, astillas. Porque de la persona 'sólo para mí', le haces un rechazo su mea culpa y la haces enloquecer y fracasar...
- ¡Morirás por esto! ¡Te lo juro! ¡Te lo juro! Morirás maldito perro acaramelado...¡Pobre niño acaramelado!
- Cuenta cada centavo, porque de ahí saldrá tu pago... Te eliminaré y volverás a nacer. Luego, si quieres, podrás ser parte mía. Si no es así, te aniquilaré de nuevo. De nuevo. De nuevo... ¡DE NUEVO Y DE NUEVO! Aun así, no caí en tu trampa. ¡Ni lo haré! Aunque me hayas confundido y hecho dudar, no caí. ¡No te pertenezco! Déjame morir en paz...
- ¡Púdrete en tu agonía maltrecho soñador pueril! ¡Aún no pagas! ¡Mas aun así ya perdiste! ¡Ya perdiste!
- Pues esperaré me traiga a la vida.


"¿Muerto tú, muerta la enfermedad?"


10/05/05 02:58

Pobre niño acaramelado

Quiero volver a casa.

Entre esas está la calle:
llueven las camelias,
corren veloces los venados,
gritan las viejas,
Toyota vetusto deprisa hacia mi rostro.
¡Ese me quiere atropellar!

Él no sabe que ya lejos estoy,
y que talvez no me llegue a atropellar.
¿Qué pasó, Juan?
¿Se te cayó el cinturón?
Se fuerte y esconde.
Menosprecia.
Ahuyenta.
Suprime.
Dispara.
Golpea.
Odia.

¿Aún quieres regresar?


07/21/05 |

febrero 27, 2010

FB 630P Relaciones

Entre demás hombres, se esconde el solitario.
Ahora el caminar se torna tan morir que el suelo mismo te medita y se asombra.
Las paredes te rodean y conversan entre ellas, examinando tu pesar y sin llegar a surgir idea alguna.
Sólo la verdad está ahí. Y no más.
¿A quién o a quienes debe pertenecerle? ¿Quién o quienes desean pertenecer?
Sólo la verdad está ahí. Y nada más. No más.
El crucifijo mental, de lejanía ecuménica, reza y suplica flores. Es que hay tanto por hacer que las ganas brotan y se derraman por las puntas de los dedos y recorren el cuerpo maltrecho. Buscan entrar y jamás salir.
Como un día fue y ahora recién viene. Estoy hablando solo....Te extraño. Rayos...

¡Contesta! ¿Por qué siempre se va sin decir bondades? ¡Regresa! ¡Regresa! Regresa...
Todo eres ¿Y nada dices? Todo eres.


- Los demás se enterarán.
- No me importa. Pretendo ser feliz de nuevo.
- Ahora que no soy parte tuya, aún sigo hiriendo tu voluntad. Sigo controlando "Tu control".
- No quiero sangrar y llamar. Prefiero colgar.
- Uhm...
- ¿Ahora te muestras ante mí inmutable?
- (Risas) ¿Por qué lo dices?
- Ay...
- Ouooouuooo....Ouuuooouuuoooo....
-
- Ouooouuooo....Ouuuooouuuoooo....
- (Silencio)

¡Ven!
- De verdad, por favor...Ven...



01/15/06 14:19

febrero 25, 2010

Huancasio

Efímera.

La noche Agustina perpleja por la sonrisa afanada y tranquila del creador. Luego se entrelazó la telaraña, entre vidrios y cristales mal hablados...Se hizo la unión.
Por momentos me extrañaba a mí mismo y a mi profesión actual, pero la atención de la visita fue tremenda y así misma, casi total.
Luego los faroles mal olientes abundaban en la desembocadura de mi cabeza...a causa de las maltrechas situaciones que a veces se originaban.
Felizmente, ya pasó...

Ahora, el cuchicheo con sabor a alcohol me atomiza el humor. ¡Tiendo a critiquizar!

Pero... (Risas)...Huancasio... (Basta)...

Ahora tengo que mantener la calma. CALMA.




04/14/06 19:39

febrero 24, 2010

Los días a través de los años

En corto tiempo nos acostumbramos al dolor de nuestros cuerpos, de nuestros labios, de nuestro seno. ¡Oh, vaya besos los cuales nos dábamos! Eran interminables, dulces y armoniosos… ¡Eran unos manjares!…unos estoicos, inmunes a todo como una madre.
Jugábamos. Nos mirábamos y nos llamábamos a gritos silenciosos, ahogados en un juego de abultados roces, como en una acalorada mesa de póker.


Eras como una ninfa en piel de rosa. Tu rostro parecía dibujado hacia los placeres de las drogas, de esos que ya conoces, y que siempre nos tocan.


Nos estudiábamos y nos gustábamos. Encajamos en los mismos zapatos, teníamos las mismas piedras y sufríamos el mismo peso de nuestros dolores. De esos dolores que no sólo dañaban, si no que pesaban como ninguna otra daga impuesta en las espaldas de nuestras memorias. Era el sufrimiento eterno dado por nuestros gestores. El castigo a nuestra tierna aventura, que poco a poco se amoldaba a los temores.

Por el momento nadie ganaba, nadie perdía. Sólo el dolor se desvanecía.


El rubor, la incandescencia, la timidez y el encanto era nuestra eucaristía; con el rigor de otras parecidas, pero sin cadenas ni costosas homilías.
No sé tú, pero yo nunca antes había gozado de tan afinados besos. En la técnica, sobrepasaba toda carne, y toda madre. Y tú lo sabes. Sin lugar a dudas y a ciencia cierta, nos ilusionamos con esos besos sumos y con las caricias de nuestra adultez.

La estadía comenzó tardía, quizá después de años, o quizá solo después de algunos días.


Nuestros karmas manejaban nuestros sueños y el deseo de la aleación entre tú y yo se hacían de rogar, llevándonos a nuestra pena inicial. Nos hicimos a un lado pretendiendo mentir, pretendiendo engañar –a los demás-. La multiplicidad de mi rostro, el encalle de tu cuerpo herido, desangró a nuestro animal y desató el reloj de arena de índole vital. ¿Hasta cuando durará esta farsa, que nos repele sin sentido y en dizque amistad?




05/21/09 13:01

diciembre 21, 2009

Antónimos y sinónimos (4): Comunicación Avanzada II

Él se encontraba en el estado analgésico máximo, con el carácter oficial de la mancomunada estadía de la buena cosecha de una plantación de droga. Mientras cortaba las flores de los campos elíseos, junto a Lucrecia, rebosante de la espuma acalorada del trigo y cebada, una llamada interrumpió su velada lúdica. El móvil (de Juan) empezó a vibrar, moviéndose de un lado a otro, en la mesa del costado de una cama de azar. Ambos involucrados se detuvieron, se miraron fijamente y se trasladaron, cada uno por su lado, y por unos instantes, a sus verdaderos trabajos de profesión. Los temores más fuertes, como ser conocido como “pendejo” o ser señalada como “mujerzuela”, se apoderaron de los jóvenes, ante la probabilidad de perder sus respectivos hogares, que era, en sí, su temor más grande. Juan ve un número público y empieza a barajar una serie exageradamente reducida de posibilidades, y al contestar, escucha una de las voces más célebres que ha podido conocer en su vida. Era Beatriz y estaba llorosa. Se oía a congoja, pero ninguno pronunció palabra alguna. Después de más o menos diez segundos de silencio, ella le cuestiona su actual posición.
- Hola… ¿Qué haces?
- Estoy en…-fingiendo modorra y dudando un segundo, prosigue-Estaba durmiendo… estoy en casa.
- Ah, ya…ehm… ¿Cómo estás?
- Estoy bi- dice sin poder completar la oración. Los chillidos del teléfono público empezaron a sonar como disparos, haciendo un conteo regresivo. Se agotaba el tiempo de llamada. Juan solo esperaba que dicha conversación terminase sin que ella (Beatriz) le pidiese un encuentro en tal apretujada altura de la noche –su noche-.
- Disculpa que te haya llamado. Cuídate mucho ¿Ya? Juan balbucea un poco, quemando los últimos segundos, y de repente, el silencio es cortado por la señal de vacío del mismo teléfono. La llamada había finalizado.


Cada droga tiene un efecto particular en cada persona, en cada consumidor. En el caso de Juan, actuaba como un desfiladero de tensiones y de situaciones de enojo, en donde el fondo era una trampa, o un hueco en su defecto, de una profunda oscuridad que daba una sensación de locura. Daba lugar también a alucinaciones, a visiones ambiguas, a figuras amorfas -imperfectas-, de a modo que en la nada –en el vacío- se podía crear el todo –ficticio-. Era una incertidumbre y un miedo extremo que proporcionaba una emoción, una excitación y una pasión de tamaño colosal; era el simple hecho de partir de cero, sin ninguna idea y armar un árbol de posibilidades, a puro sudor de cabeza, y que del cual, solo se tomarían las ramas más gruesas y frondosas, llenas de miel, de azúcar y de melosa; para que simplemente al final sean lanzadas a un horno caliente y se hagan trizas olorosas. Ese es el placer de ver el esfuerzo hecho fuego y cenizas. Hacer de un acertijo un secreto, y de su recóndita respuesta, una burda mentira. Tal, era la fuente del placer, acompañado de experiencia hacía los infinitos sentidos.
En casi todos los posibles sentidos, Beatriz no era humana, en efecto. Ella era un humanoide capaz de asimilar los sentimientos humanos a la velocidad de la luz, con la luminosidad que precisamente la caracterizaba. Ella era una hoja en blanco que fue dada a un humano voraz y codicioso, que la usó como borrador de una gran vida de paralelismos y de ensayos, de experiencias potenciales y aritméticas. Ella era para él, lo nuevo que estaba hecho para su uso exclusivo; era el hogar, la base, su mundo, el centro de todas sus operaciones, era como su Madre y su hija a la vez. Era ella la que lo reprendía y lo castigaba, haciéndole entender. El resto eran solo cosas usadas para usar o cosas nuevas para coleccionar y/o almacenar. Esto la hacía diferente en su razón de ser y de actuar. Ella no era una droga, a pesar de que comenzó siéndolo para Juan como su finalidad. El efecto causado en él, fue el más terrible de los temblores y a su vez, fue el más largo de sus procesiones. En realidad, Beatriz nunca provocó un efecto narcótico sobre Juan. Por todo lo contrario, le hizo conocer la propia esperanza de poder dejar de ser un drogadicto acérrimo, de poder llegar a ser un hombre de verdad y de combatir a su peor enemigo: la mentira. El plan inicial era succionar su esencia y por eso fue que la tomó e intentó coleccionarla. Pero ¿Cómo podría coleccionar al verdadero inicio de su propia vida, si es precisamente su punto de partida? El inicio es el inicio, y no hay nada más. “Lo que se está hecho para usar, debe ser usado” pensaba él. Pero del dicho al hecho, había un largo trecho. Juan no la usaba, como él creía. Juan solo se nutría de ella –aprendía- y lo hacía de la forma impensada. Daba vueltas sobre su derredor como un guardián. Como un auténtico guardián que no permitía que nadie la tocase, ni siquiera él mismo, a menos que sea para embriagarse de su límpido olor. El solo usaba sus mejores drogas para saciar su sed, para conocer el todo –el vacío-, y con eso menguaba su dolor. Un dolor que sabía de donde provenía, mas no sabía que era lo que le dolía con exactitud. No podía describir algo así, tan velozmente, estando ese algo fuera de sus propias capacidades; pues nunca antes lo había conocido. Era imposible que alguien, siendo el mortero de la esencia humana, enemigo de muchos, pueda dar amor de verdad. Quizá si, bienhechor de mentiras, pero jamás como se debe dar. El no sabía amar.
Beatriz, como humanoide, no era perfecta y él lo sabía. Ella también era humana y eso tenía consecuencias. A Juan se le iba agotando la sangre, tanto como sus años de vida agitada y moderna, perdiendo su color característico cada vez más al derramarse. En tal transcurso, él no se daba cuenta de tal herida, de tal sentencia. Él era hijo, y debía sucumbir entre las entrañas de su Madre antes de nacer, siendo amoldado a golpes por su rebeldía a ser presa de un vientre materno, que le cerraban y atolondraban los ojos tiesos y avispados, todo para poder abrirlos de nuevo con una mirada espacial.

Justo poco tiempo antes de que la relación de Juan con su último negocio terminase, apareció una mujer. Él se encontraba aún crucificado, con las manos llenas de olor a sangre y sudor, y esto no le permitía mecanizar alguna otra idea. Más, no podía. Las circunstancias y las exigencias hedonistas del último negocio fueron tales, que no hubo manera ya de poder dividirse más –en el mundo de los negocios-. El no podía atender dos urgencias a la vez: una mujer en un incendio por un lado y otra en desamparo. Así que le resto importancia. Pasaron unas semanas desde el descenso de la cruz y Juan venía meditando en su dormitorio frente a su PC, apoyando su cabeza en su mano, y a su vez esta, en el escritorio. “Esta mujer es muy interesante –pensaba Juan al conversar con ella vía Internet- y es comunicadora también…que curioso”- y concluyó con unas carcajadas. Pues esto era cierto. La mujer que estaba al otro lado de su pantalla, se ubicaba en una parte opulenta al sur de la ciudad, con una mayoría de edad de estreno y una brillante pasión por la sociedad. No la conocía personalmente, pero su temperamento hecho lenguaje, denotaba un cierto aire juicioso y de cabales. La única referencia de ella era la imagen de su display, mostrándose ella en primer plano en tintes negativos y con una pequeña sonrisa rugosa, que le daba una vista muy ventajosa. Las túnicas del labor sacrificado –del sagrado oficio-, investían arguyas a los pensamientos de Juan, condensando sus más endógenos sueños, delatores de su buen actuar vaticinado. Debía moverse rápido e ir priorizando oportunidades. Juan sabía que el haber descuidado a su mujer por tanto tiempo le traería problemas. Y de tal forma sucedió. El comportamiento de Beatriz se vino abajo. Empeoraron notablemente sus arranques de cólera y de celos, de actitudes pueriles y desubicadas. Su conocido orgullo la ataba de pies y manos, y el trato de ella hacia Juan era, hasta cierto punto, insoportable. Él, a pesar de todos sus movimientos, terminaba siendo controlado por ella. Él sabía que su carácter era ante todo no participativo; ella esperaría siempre que él adoptase para sí, la mea culpa. A regañadientes, él, aceptaba; sabiendo que no tenía otra opción. Sus recuerdos de distracción lo hacían flaquear y el peso de su conciencia le tapaba la boca. Un día pelearon hasta un tipificado nivel, ya conocido por Juan. “Seguramente no la veré hasta ese día” Su día. Ante tales improperios, Juan, lastimado y ofendido, huía en busca de calmantes de cuerpo y alma, de ira y de dolor, segregando esa espuma por la boca que produce la humillación. Pero se dio cuenta que su actual droga se hacía ya acreedora de ciertos derechos y se oponía a ser manipulada, adoptando cierta inteligencia –para ver más allá de lo evidente-. “¿Qué rayos…? Esta mierda se acabó. No sirve”. La consecuencia fue tradicional y evidente. “Al fin y al cabo ya estaba aburrido de esas drogas. No tengo más que hacer ahí” Pensaba el hombre, alimentado por la sombra de una misteriosa mujer.

Ante la inminente soledad, por el temporal distanciamiento con Beatriz, producto de la última pelea, la estancia con su último negocio no era rentable, ya que, con toda esa libertad y tiempo disponible, ante la ausencia de la capital, podía darse una vuelta por la ciudad de provincia, a exponerse un poco, y ver quien se acercaba a su tienda. “Pronto un hueco o una trampa, caerá en esta trampa” Se decía a si mismo, despreocupado por completo de su futuro laboral –de negocios-. Solo tenía algo en mente: “Debo buscar un lugar, mientras tanto, para poder pasar la noche”.
(http://visiondelvacio.blogspot.com/2010/04/pobre-nino-acaramelado_328.html)
Juan finiquitó sus negocios, pues había ya dejado su última droga. La había usado mucho y su efecto no era el mismo. Se ponía roñosa y no era de buena digestión; además, la mentira era insostenible. Había que eliminarla y él sabía bien como hacerlo. Solo debía dejarla morir en su agonía, al no tener ya nada que se le pueda despojar. El no podía asesinarla por si mismo, por supuesto, ya que eso mancharía sus manos, y pues, nadie quiere a alguien ensangrentado con quien volar. El le dejaba esa sucia tarea al portador de bienes, pues, a la misma víctima. Juan dejo de alimentarla, quitándole importancia, ignorándola y haciéndole torpezas adrede, a la vista inocuas, pero por dentro, como una daga dentro de un oso de peluche, punzo-cortantes. Al poco tiempo, ella, desangrada e inmersa en la locura de la desesperación, empieza a delirar y a perder –más- la razón, haciendo un patético y deplorable espectáculo, el cual terminaba con ella en el suelo, sabiendo que solo quedaba jalar el gatillo de la relación hacia sí misma o simplemente, debido a su desahuciado estado, disparar contra -el holograma de- él. Alejandra corta su relación con el hombre. Luego, estando ya muerta, para salvaguardar su honra y su conciencia, Juan la descuartiza -para una mejor eliminación de los hechos- y la entierra en el mismo lugar que él creo –en ficción- para que ella viviese. Era como desechar un guante de látex, usado y sucio, siendo arrancado de la mano del promotor por su revés, dejando las manchas de sangre por dentro, y envuelto, sería olvidado en los tachos de basura clasificados según su tipo. El siempre cuidaba su medio ambiente, su mundo; no podía permitirse ensuciarle de restos de distracción. Por fin, el asunto estaba arreglado. Había finalizado con éxito.

Dentro del mundo de las mentiras existen reglas. Reglas que no se deben quebrar ni burlar. Una de esas reglas, y unas de las primeras también, era el No apilar. Una mentira nunca debe ir encima de otra. Es decir, mentir sobre lo ya mentido era fatal; poner una mentira sobre otra, solo daba el prominente riesgo de que se desmoronen todas y caigan al suelo, revelándose por completo sus contenidos y porqués. Las mentiras deben ir una al costado de otra, yuxtapuestas, aisladas entre sí. Para cada cosa –para cada droga- solo debe existir una sola, estructurada y sólida mentira, capaz de aguantar el peso de la ficción –y la fuerza de la fricción también-. Era mejor así, todo ordenado y en su sitio. Cada mentira debía tener un espacio libre –sea de ficción o no- para que la droga se desarrolle por completo y pueda alcanzar su máximo efecto; debía tener un mundo, o mejor dicho, un planeta, ubicado siempre cerca para ser monitoreado. El engañado debía sentirse como en casa. Esa era la mayor ilusión ajena. Por cierto, cada mentira tenía un tiempo de duración, una fecha de caducidad y era susceptible al ambiente, ya que un cambio repentino en este último podía alterar su consistencia física. He ahí la importancia de la solidez. Mientras más sólida, más fuerte será (la mentira) ante un eventual mal tiempo en el universo de las drogas.

Haciendo un conteo y una retrospectiva general, vista desde arriba, llamémosla “omni-vidente”, Juan tenía una curiosa y muy bien acomodada “suerte para los negocios”. Desde el inicio de su vida interpersonal con el sexo opuesto, nunca faltaron las fuentes, sobre todo cuando tenía las manos ocupadas y llenas. Como solía ocurrir, cada vez que se drogaba, aparecían más y más drogas a disposición; algunas brotaban del suelo luciendo inocentemente su imaginación, y otras, caían del cielo buscando el castigo eterno sin intenciones de pedir redención. Se podría decir que, dentro del inicio del citado trato interpersonal hasta el presente de este cuento, –en ese primer mundo- hubieron tres etapas: La etapa del ejercicio de la iniciación -propiamente dicha-, la etapa del desarrollo del gusto (preferencias) y los sentidos y, finalmente, la etapa de la codicia. La primera etapa se resume en una sola pregunta: ¿De qué se está hablando? por causa de lo bisoño que era él en el nuevo mundo. Sabiendo el que, sobrepasa ese periodo, habiéndole tomado unos buenos tres años de religiosa lectura y estudio a los libros, felizmente de diferentes y variadas materias; pero siempre leyendo un solo libro a la vez. Luego, simplemente supo que eso era lo que le gustaba, lo que quería; no había mejor calmante que una anestesia. Consumía todas las drogas posibles. La biblioteca de Juan –su mundo- tenía forma, estructura e iba creciendo rápidamente.



- Alo, ¿Lucrecia?

- ¿Juan?
- Si, soy yo. ¿Qué harás más tarde? ¿Podemos vernos?- Adusto en su forma hablar, responde Juan.
- No te había reconocido. Que bueno escucharte…
- No puedo hablar mucho Lucrecia ¿Qué me respondes?
- …Bueno, tengo que verlo más tarde, pero puedo decirle que tengo que hacer unas cosas y que no lo podré ver. ¿A qué hora y dónde?
- Donde siempre, a las veinte horas.
- Ok, no hay problema ¿Estás bien? - Te lo explico luego mejor. Cuídate, nos vemos, ¿si?
- Ok, cuídate. Un beso.- Finaliza por su parte la mujer.
- Que sean dos.
Era una profesional. Sin duda se había convertido en toda una profesional, y eso a él le maravillaba.


Juan, ante la falta de hogar al haberse apartado de Beatriz, se encontraba en la calle y con las manos vacías. Debía encontrar un lugar donde vivir. Mejor dicho, al menos donde pasar sus noches, ya que drogas de poca monta, no daban esa sensación –alucinación- de estar en casa. Eran meros souvenirs de trabajo. Echó un vistazo y no vio nada, más que tugurios, rentas sucias y pordioseras. De repente recordó, gracias a un grito de la calle; alzó su cabeza hacía arriba, cerró los puños y, abultando la mirada, gritó "¡Sí!". Rió apestosamente, mientras seguía caminando hacia casa. Tenía él un lugar donde quedarse mientras conseguía de vuelta su hogar, mientras estaba la puerta de entrada clausurada, en tela de juicio. “¿Cómo pude olvidarlo?” se decía a sí mismo. Contaba con un lugar relajado, espléndido, exótico y paradisíaco, apasionado y ultrajante al mismo tiempo; con las modernidades competentes. El sitio era compartido a medias con una mujer con la que hacía piruetas no-mortem. Ambos rentaron su “propio ambiente”, trabajando a la par, pagando a medias los costos –en caso de tener que hacerlo- y gozando de sus servicios ilimitados. Lucrecia fue una ex pareja que había tenido Juan a mediados del año dos mil tres. Él la había dejado por razones inconclusas pero, para ese entonces, con fundamento, después de haberse aburrido de ella y de haberle despojado de lo que tenía. Lucrecia nunca se llegó a enterar de lo que fue realmente, una víctima, una “V…de venganza”. Ella, precisamente, en desquite por su depreciación, al poco tiempo inicia otra relación de la cual nunca llegó a pensar que le duraría, siendo este, en un inicio, objeto de venganza; en consecuencia, (Juan y Lucrecia) dejaron de verse mucho tiempo. Posteriormente, debido a todo ello, el rencor que había por parte de Lucrecia hacia Juan fue desapareciendo, hasta que fue nulo; pasaron a ser amigos, muy amigos. Para esto, ya había transcurrido un año y Lucrecia tenía el rostro cambiado, con los ojos rojizos por los deseos acaecidos de venganza, pero avispados ahora, por saber que lo bueno comenzaba después de haberlo perdido todo. En los últimos meses, entre Lucrecia y Juan, había una deliciosa confabulación. Ambos tenían relaciones serias por separado e independientes, no obstante, compartían ellos el “calor humano”, escabulléndose entre las habitaciones de una casa-fiesta civil, en el baño de un antro, entre un pasadizo que lleva a las escaleras, en una esquina, entre el tumulto, en las penumbras, sin que nadie lo notase. Muchos comentaban desconcertados, curiosos y especulativos: “¿Qué hacen esos dos juntos por aquí? ¿No se supone que tú tienes a fulana y tú estás con zutano?” y ellos respondían con fulgor y galantería: “¡Solo somos amigos! ¡Qué imaginación la tuya! ¡Él/ella es como mi hermano/a!”. Y en verdad tenían razón. Ante los ojos del público, a pesar de las especulaciones, en efecto, no había nada, más que solo una habitual amistad. En el fondo, muy fondo, Lucrecia nunca dejó de sentir algo de él y, cuando Juan se le acercó de nuevo, por primera vez después de mucho tiempo, ella lo rechazó en duras tientas, tratando de no ser abatida estando él de pie. Tiempo después, a pesar de estar ella bajo el mando del zutano, cayó irreparablemente luego de unos seguidos intentos, como si le reconfortase llegar a casa -a su verdadera casa- luego de mucho tiempo y no supiese si tocar la puerta o irse, teniendo voraces e intensos deseos de que le entregase la vida de nuevo –la que un día él se la llevó-, para que se lo arrancase otra vez.
- Y bueno, así fue. Ahora estoy en nada. Te extrañaba en realidad- Afirma Juan mirándola fijamente, insinuante como siempre lo era con ella.
- Yo también te extrañé, y mucho. Y claro -dice ella entre risas- ahora vienes conmigo a usarme.
- Eres máxima y lo sabes. Vayamos a tomar algo, ¿si?
- Mejor vamos a mi casa. Allí podemos conversar a solas.
- Perfecto. Me encanta la idea.- Ambos, riendo juntos, se abrazan y esbozan un pequeño beso, rebosante de liviano y etéreo encanto.- ¡Eres perfecta!- Enfatiza el hombre.

Lucrecia, en realidad, había dejado de ser una droga para Juan, para ser una droga práctica. Había dejado de ser un negocio, para ser ahora una socia. Eran dos socios que disfrutaban de la vida moderna y del placer que ello representaba. El amor, era algo que se hacía en libertad. En una desvergonzada libertad de juventud.
- ¿Qué le dirás a él?- Indaga Juan, caminando por la recta final que da paso a la casa de Lucrecia, esperando ser, por una vez más, maravillado con la habilidad escondida e innata de ella.
- Que me quedé haciendo unas cosas en el trabajo de mi mamá. Él sabe que de vez en cuando la apoyo y precisamente (zutano) no tiene la confianza de la familia como para poder llamarme a la oficina. Y si me llama al móvil, lo puedo distraer con facilidad, diciéndole que ando ocupada y esas cosas.- Responde ella con frialdad, fumando el cigarrillo que compartía con Juan.
- ¿Y si te piensa recoger?- Dice el hombre elevando el nivel de los supuestos y ramificando más las posibilidades.
- ¿A la oficina? Pues le digo que me quedaré hasta que mi mamá esté aquí, y que ella misma me llevará a casa.
- ¿Y ella está ahora en su trabajo?
- Sí, y tardará.- Dice sonriendo con picardía la mujer.
- No vaya ser que llame a tu casa y conteste precisamente tu--
- No- interrumpe Lucrecia- No pues...de ninguna manera.
Al entrar ya en la casa de la mujer, esta última tira su bolso negro en los muebles encuerados, camuflándose este por completo, y entra a la cocina, buscando alguna nota de su madre en la puerta del refrigerador.
- Bien, bien, bien...- ríe el hombre, tratando de darle más fuerza a su voz desde la sala-¿Y si él (zutano) está afuera, ponte, con su auto, esperándote a que llegues (a casa) o esperándote a la salida de la oficina?
- ¡Jamás! Sabe muy bien que me enojaría con él y que pensaría que desconfía de mí. Me sentiría ofendida.
- ¡Perfecto! ¡Perfecto!-Exclama en concupiscencia.
- Además, él no maneja otro auto que no sea el suyo. Es muy quisquilloso.- Responde la mujer, riendo detenidamente, en son de burla hacia su estimado novio regordete.
Juan, con un profundo confort, se sienta en unos de los muebles de la sala y ve salir de la cocina a Lucrecia. “Que mujer. Por todos los rayos, que mujer…” Pensaba. Tenía el cuerpo de un dios pagano y delgado, con una silueta maldecida y envidiada por las mujeres de torso ancho. “Vaya pequeño busto por el delicado capricho” se dijo a sí mismo. En eso, ella se detiene y se apoya en la puerta, con una mano en la nuca y otra en la espalda, a la altura de la cintura, dejando a la intemperie su ombligo, tan segura de sí misma que se podría decir que hasta era otra mujer. Y en realidad lo era. La Lucrecia inocente había muerto. Y caminando lentamente hacia Juan, comienza a dar luces de sus maravillosos dotes para el juego.
- Cuando me contaste lo que hacías para que encajen tus coartadas, me sorprendí. Pero me di cuenta, que en mi caso, hacerlas, eran mucho más fáciles.- Dice Lucrecia.
- Y lo es, por supuesto. Como mujer tienes todo el beneficio de la duda.
- Tienes suerte de que contigo no use eso.
- En una relación como la nuestra- dice Juan-, solo como la nuestra...no pueden haber mentiras. Somos una sociedad anónima y secreta-. Al terminar Juan de hablar, Lucrecia ríe. Ella revela el contenido que había en una de sus manos, precisamente la que llevaba por detrás. Era un mensaje escrito por su madre, afirmando su lejano arribo a casa esa noche y aseverando la cercanía del juego del tiro al blanco. Ambos ríen. Pero, luego, el hombre retrocede unos pasos colocando las manos adosadas a la cintura y quedándose en esa nueva posición.
- ¿Qué sucede?- pregunta ella preocupada.
- Nada.- Juan esboza una sonrisa, luego de haber pasado por su cabeza la imagen sexual de Beatriz, y producto de ello, ambos ríen otra vez, pero ahora, descontroladamente. El equipo del éxtasis, surtía efecto.
Lucrecia se acerca y lo toma (a él) de las manos, sintiendo que él no quedó muy contento con la idea. Al cabo de unos segundos, da la vuelta y se abalanza hacia el hombre, empujándolo hacia el sofá, haciendo que este último la aprese entre sus brazos al caer. Ella se inclina, aún presa, hacia unos de lo lados y permanecen así, tomando después un suspiro de silencio. Luego de tal, ella se vuelve hacía él, mientras cruje el sofá en el cual se recostaban, y lo besa, sintiéndose tal o más que cualquier otra mujer, sea de casa, o sea de guarida. Sentía el placer de controlar su mundo con su codicia y astucia, abriéndose camino cortando cabezas ajenas de hombres y riéndose -en burla- de las ínfulas que estos le propinaban, a manera de cortejo. "¿Para qué? ¿Para qué más?" Se decía ella a sí misma. "¿Para qué más si ya tengo a los dos? Todo lo demás que podría haber será de más. Será casi gracioso". Tenía ambas caras de las monedas: El Hombre que es y el Hombre que aún era. El futuro seguía siendo gracioso.

Como tal se dijo, en el día cero –su día-, el encuentro se hace realidad entre Juan y Beatriz. Las cosas vuelven a su normalidad y se percibe de nuevo la calidez del hogar, donde la memoria era como costras-soldaduras, de esas que nunca perecerán. Juan sentía el regocijo y la paz que daba su pecho (de ella), digno de un ser probo y de sanos pensamientos. Al tocar su piel, lentamente, sentía como se le impregnaba el olor a sus manos y a sus dedos. Era un olor a crema, como a leche materna; como a frutas frescas, de altas cosechas. Al suspirarlas –ya que eso era lo que provocaba-, la mente de Juan veía caer un trozo de mantequilla en una sartén caliente, derritiéndose y desatando pompas olorosas de belleza imponente. De nuevo estaban juntos, como una vez lo juraron. Juan se sorprendía al estar en sus brazos. Ese profundo malestar que le provocaba y que le terminaba gustando, sin punto para comparaciones.
Estando ya en su hogar, Juan se siente como en casa y disfruta de la dicha y la victoria. Merodeaba sus recuerdos de único dominio y daba vueltas en el lecho de la imaginación, acariciando como en otra noche la anatomía del triunfo. Atándose una venda en los ojos, dejaba que su nariz y sus dedos le indiquen los polos de su mundo, a manera de repaso. Marcando la distancia entre meñique y pulgar, en el plano, desde el centro de gravedad, llegaba al núcleo de su tierra y visualizaba, fantasioso y pregonero, los frutos maduros de una cosecha de años de maceración. Lo conocía por completo, mas solo faltaba conocer su interior: Las entrañas de la tierra fértil y las temporadas de marea alta.

“¿De dónde proviene tanta inocencia? ¿De dónde proviene tanto amor? ¿De dónde nace toda esta ignorancia? ¿Por qué es tan blanco su fulgor? De donde yo vengo, no hay esperanza. En donde yo vivo, hay amor. ¿A caso tiene lógica ser tan cabrón, como lo soy? ¿En qué momento me hice acreedor? ¿En qué momento llegó su bonanza? ¿En qué momento me hice su varón? ¿En qué momento llegó su confianza? Ser lo que soy, después de tanta matanza, genera desgracia y quizá ese sea mi perdón”. Cada vez que sus noches, lejos de casa y siempre en madrugada, se reeditaban y deambulaban; cada vez que trataba y conversaba; cada vez que veía ojos que, en el afán de llamar la atención, se adornaban y con el alcohol se retocaban más y se excitaban; cada vez que se acercaba o lo abordaban; sabía que cada vez más era su apetito por “eso” que del cual casi nunca mencionaba ¡Sus deseos carnales lo delataban! No podía frenar tan inmensos suscitares y tan atrayentes manjares. ¡Todo sirve! ¡Todo pasa! ¡Todo es posible…! Mientras orden haya.


En el transcurso hacia el lugar pactado, Juan sacaba cuentas. ¿Podría ver a la mujer, avanzar algo y volver a las veintiuno o veintidós horas para ver a Beatriz? Ahora que las cosas con esta última iban mesurablemente bien, debido a la fresca reconciliación que los unía, Juan no podía darse el lujo de hacer desmanes a gran escala. Debía trabajar en silencio. En “virtud” a ello, luego de un cuarto de hora, Juan llega al sitio minutos antes de la hora indicada. Trataba de encontrar entre la muchedumbre de gente un cuerpo que encaje con una figura cuadrada, matizada en tintes negativos y de bordes gruesos. Ya estaba oscureciendo y las luces del lugar se encendieron. Mientras seguía sacando cuentas y analizando probabilidades, supo de inmediato que había estado equivocado con la idea de la multiplicación. Diana se acercaba, dudosa también, pero con una mirada fría y penetrante, como si fingiera una indiferencia a dicha actualidad. Era delgada. Aun más delgada que Lucresia, pero no del alto nivel de ortografía que esta última poseía. Eso no fue impedimento para que en Juan, automáticamente, se forme un deseo veloz y de anchas probabilidades. Se repasó los labios con su lengua y las conjeturas de la virtualidad de su acto, se hicieron, de nuevo, trizas olorosas. De repente se saludaron y buscaron rápidamente un lugar para sentarse. Al observarla, tenía la impresión de que ella se había despegado de su imagen virtual -que colocaba en su perfil de Internet-, siendo un mero y sombrío reflejo de su moderna personalidad. Tenía un aura, si bien es cierto, sosegado, pero a la vez oscuro, irónico y gélido. Juan sintió un poco de temor y de desatino al verla, al no ser lo que él imaginó que sería; pero al conversar, percibía la contundencia de sus palabras y el pragmatismo de su ideas. Eso era lo divertido entre las no-civiles. La charla se extendió por largo rato, como una hora quizá, y de pronto ambos sintieron la resequedad de sus gargantas y la necesidad de llevar su delectación al otro nivel, haciendo una de las cosas que más adoraban. El alcohol empezó a fluir, de lo más soso a lo más complejo. Sin darse cuenta, ambos estaban sentados dentro de la casa de la susodicha, en su sala, tratando de seleccionar un nuevo tipo de licor. Recordó en ese instante, las ganas puestas sobre Diana en el momento que la vio. Su lengua hizo el mismo ejercicio con sus labios y sus ojos sin titubeos quedaron clavados en los –ojos- de ella. La mujer intentó hacer lo mismo, y aunque parpadeando, no los despegada del hombre. Pero, sin embargo, el castillo de melosa no duró mucho. Juan recordó a Beatriz y supo que, desde que llegó a ver Diana, habían pasado al menos tres horas. Él, fingiendo dejar el vaso en la mesita de la sala para servirse más licor, mira su reloj y queda atónito. Era casi la media noche.
No muy lejos de ahí, Beatriz empezaba a sentir el rigor de la inexistencia. Juan nunca había aparecido ni a la hora ni en el lugar pactado. No tenía tampoco medio alguno como para contactarse con él, ya que este no tenía ni su móvil, producto de un inexistente robo. Empezó a dar vueltas y vueltas entre las calles de su barrio, siguiendo las mismas revoluciones que la de su cabeza. La desesperación, mas no la desconfianza, hacían de Beatriz una presa hecha y presta. Ella temió lo peor. “¿Le habrá pasado algo malo? Él no desaparece así no más” se decía Beatriz. Empezó a preguntar a quien se cruzaba en su camino por el desconocido paradero de Juan o si en caso lo habían visto. En realidad, Juan nunca pasó por casa ese día. Antes de terminar sus clases, salió directo rumbo al lugar pactado, obviamente listo y preparado para el evento y de sus posibles desenlaces.
De vuelta en la selva, el animal tenía a la victima entre sus piernas disparejas, mordiendo su vientre descubierto de la vellosidad de su carne, previamente arrancada. Los hilos de su lanosidad eran de extra finura y de una categórica calidad, dentro de la coyuntura socioeconómica de los negocios. Su carne era discontinua, rasgada y maltratada por el tiempo. Él podía ver claramente las marcas de los dientes de bárbaros precursores, esos de la rauda muerte; podía ver las manchas indelebles de fulgores ultravioletas y algunos camuflados. La figura geométrica en su mismo vientre y en su misma espalda, en forma de estrella, hacían unos ángulos sorprendentes y equiláteros, originando el desacato de los sentidos conservadores. Precisamente, del mismo modo, ver esa espalda en ángulos rectangulares, era la gloria de ser, a su vez, el mismo, un poliedro regular; con sus propias marcas, mas no rajas, de su propia espalda. De esos rasguños que en días de goce ajeno y adverso fue presa, más nunca tocaron la congruente tinta negra de su espalda ligera. Pero, como todo mundano, tales rasguños se le iban borrando de todos sus músculos hasta desaparecer a ciencia cierta, gracias a la testosterona. “¡Bendita testosterona!” Él decía. Todo era azotado y reducido en el nuevo espacio en el que se encontraban, inmersos en los interiores de su holgado lar. Las últimas gotas de sudor empezaron a caer en el mueble, brillando y parpadeando al son del baile improvisado. Juan se le quedó mirando, emanando lo que le quedaba de aliento, cuando de pronto un portazo se escuchó desde no muy lejos. Unos pasos se sintieron venir hacia el claustro en el cual habitaban.
- Es mi hermano.- Dice Diana totalmente paralizada, con la espina adentro.
Juan la mira, reprendiéndola con la mirada, haciéndola responsable de la situación y dicho sea de paso, de la jugosa redada. El no tenía buena suerte, por lo general, con los vetustos de sangre. Eran demasiado exigentes e hipócritas. Por lo general estos, también, no tenían sangre en la cara para confrontarse con él, ya que todos, de alguna forma, estaban dentro del negocio. Juan empezó a renegar.
- ¡Silencio!- Dice la mujer musitando.
En esos instantes de calor y sudor frío, los jóvenes no se miraban. Ella miraba a la puerta, doblegada y escondida entre sus piernas, y él, de pie y esperando tomar un merecido descanso - no sin antes haber terminado su tarea-, miraba los libros a su alrededor. El tipo este se detuvo en la puerta y por tres segundos no pronunció palabra alguna. Hasta que dijo la palabra clave.
- ¿Diana?-
- Si, dime.- Dice la mujer con tonos de molestia.
- Ya estuvo bueno, ¿No?-
- Ya ya.-
La ironía de la liliputiense conversación solo llevaba a pensar a Juan una cosa: “Esta casa es una jodida trinchera”.
Para cuando despertó Juan, ya estaba en su hogar. Era mediodía y había un sol extemporáneo, perdido entre los albores de un crudo invierno. El hombre miró a su alrededor y se paró de inmediato, revisó su móvil y vio una llamada perdida de Diana. Inmediatamente lo apagó y salió en busca de Beatriz. Camino a tal, se cruzó con varias personas de su barrio, los cuales le advirtieron que su novia lo había estado buscando por todos lados. Cuando la encontró, sabía que decir. La coartada era perfecta, mas no indolora. Ella precipitó su llanto, adolorida por el desasosiego de su extraña desaparición. Era inútil resistirse a su congoja. En ese momento recordó esas lágrimas que semanas antes habían compartido y que quedaron como un hito dentro de su comunidad dualista, como el inicio nato de una sexualidad cristalina y límpida; de la mayor pureza y pasión acalorada. El recuerdo de dos seres desnudos y vivos, visualizándose el uno al otro, tocándose con la mirada y besándose con los dedos, derrochando apologías a su insuperable y singular idilio espacial. El rubor de la vida misma lo había ensimismado esa noche, sólo y por supuesto al estar en casa. Juan sentía miedo, ya que su consumo hasta ese entonces era inconmensurable. No quería ni imaginar la cuenta –en el supuesto caso que deba pagarla-. Había tenido hasta el momento, tres negocios de gran envergadura –dentro de la era de la comunidad- y pronto, quizá, serían cuatro; sin contar con el tráfico semanal de rutina, que por cierto, era mucho más sencillo de conseguir. Esas cosas vienen –más- por si solas. Pero, Juan rápidamente dejaba a lado sus despreciadas ideas de subversión enemiga –ya que eso era inaudito para él- y sus ínfimas posibilidades de parar toda la máquina. No podía quedarse quieto y sentado; tenía siempre que estar en actividad y de pie.
En los días siguientes, Diana mostraba un peculiar interés por continuar con los encuentros. Juan andaba algo mal humorado. “¿Qué se puede esperar de una puta bifurcada?”. Pero una idea entró a su cabeza. “Le voy a demostrar que al final solo hay un camino para las mujeres. Y ese camino conduce hasta aquí (con los hombres)”. Al poco tiempo, formaliza su relación con Diana, con tan solo unos días de haberla conocido –físicamente-.

Los días pasaban rápido y los deseos también. Juan ya andaba pensando en como iría a deshacerse de Diana. Se encontraba tan de mal humor que era capaz de matarla en un instante, pero no quería ganarse enemigos. Ella podría querer morir junto con él, a manera de venganza, ya que su muerte sería inevitable; podría revelar verdades ficticias y denunciarlo ante la autoridad moral de su propia sociedad, generando sospechas e indagaciones innecesarias hacia su persona y que al final sólo le quitaría tiempo, mas no, valgan verdades, rayas al tigre. Él no iba a pagar un gran precio por algo de segunda mano, por algo usado, por algo que bien podía conseguir gratis en la calle con tan solo escarbar un poco y haciéndole un favor al ecosistema, reciclando un poco de materia consumida; además, él tenía un hogar de primera mano, siempre presto a estrenarse aunque él, aún lo dilate. Es por eso que Juan no podía dejarla viva de ninguna manera, a pesar de que con ella la vida era práctica y siempre de batallas épicas."Es un espécimen que siempre recordaré, pero no puedo dejarla viva y mucho menos morir junto con ella. Debo de encontrar la forma adecuada para hacerlo”. Juan sabía bien que una de las mejores formas de desligarse era salir corriendo, en excusa, como una apacible víctima. Él debía buscar la manera de hacer que la mujer se vea forzada a buscar algunas probabilidades externas, como si fueran calmantes. Al principio no veía cómo, ya que Diana tenía un comportamiento impecable, difícil de creer en no civiles como ella. Buscó indicios, pistas que lo lleven hacia las ocultas verdades. Pero ella estaba limpia, no tenía drogas. "Tengo que quitarle el pan de la boca. Sentirá la necesidad de hacer negocio. Tiene que alimentarse. Y así pasó el primer mes, sin ningún problema.

Juan ya había iniciado el plan y deslindaba el camino hacia la destrucción de las raíces, de los nexos. Veía desde su punto la luz que brillaba intensamente a una distancia no muy lejana, llamándolo a escapar y a dominar de nuevo el universo. El corto plazo se vencía y ya no quedaba más remedio que aplastar los palitos. Poco a poco Diana se sentía desplazada, aunada a sus miedos y a viejos errores. Se preguntaba constantemente porqué actuaba así, porqué tenia que disimular el disguto de no tenerlo cerca y que prefiriese obviar sus cálidos encuentros. Pues venía rechazando sus reuniones de amistades compartidas, sus salidas a eventos y negándose extender los pocos tropiezos que tenían.

Diana no tardó mucho en tomar sus revanchas. A buena hora, Juan empezó a enterarse de ciertas tretas de la mujer, para hacer algunos pequeños negocios junto con ex amantes. Aplicaba las matemáticas cuando se quedaba pálida, producto del exceso de estupefacientes; cuando deliraba luego de ingerir alcohol o cuando simplemente bajaba su guardia. Él encontró las pruebas en la mensajería de su móvil y las hizo fehacientes al leer su diario, camuflado entre sus revistas y al costado de Movimientos campesinos. Un día lunes, ya en un avanzado nivel etílico, Diana hablaba en voz alta y su adormecimiento físico-mental era notorio; empezó a quedarse dormida. Juan, con intención de despertarla y seguir con la rutina de todas las noches de soledad paternal, coge su móvil y llama al teléfono de Diana con identidad numérica anónima. Para sorpresa suya, el móvil no sonó."Silencioso o vibrador” se dijo a si mismo. “Recién se está empezando a dormir. Es imposible que no sienta el vibrador”. Sin más dilación, Juan se paró y se acercó al sofá individual donde ella se sentaba y de nuevo marcó su número. No escuchó nada, ni siquiera el movimiento del teléfono. Acercó su oreja a su cintura y tampoco escuchó nada. Antes que despertase, bajó un poco el volumen de la música que no lo dejaba escuchar bien y esta vez puso su dedo suavemente en el teléfono, por encima del bolsillo de su bata. No sintió nada. “¡Ajá! El viejo truco de los teléfonos silenciosos, ¿eh? Definitivamente, los viejos trucos son los mejores”. Juan se sentó de nuevo para retomar la charla con Diana, no sin antes proponerle cambiar el licor por cerveza. Necesitaba más agua que alcohol. Ella se despertó y vio la hora de su móvil, sin inmutarse por completo por las llamadas perdidas.
- ¿Me traes cerveza mejor?- Dice Juan sin dejar de observarla.
- Sí, claro.- Responde la mujer con una sonrisa en la boca. Ella se para y camina con dirección a su estudio, donde estaba uno de sus varios teléfonos domiciliares. Juan creyó escuchar voces, como si conversara, pero la bulla no le dejaba escuchar con claridad. Al minuto salió y fue por las cervezas. A medida que pasaba el tiempo, Juan esperaba lúcido y paciente a que la mujer se durmiese. Más tarde, ya cuando la mujer no pudo más, contó los números y usó las matemáticas. Tenía ahora dos maneras con las cuales podía eliminarla: Encararla, hacerse la víctima y matarla él mismo o mandarla a matar. Las ideas no dejaban de fluir.

Juan pertenecía a una familia numerosa, en la cual tenía hermanos y hermanas. Algunos de ellos, que aún vivían junto a él, eran negociantes también -en su gran mayoría hombres-, pero entre ellos había uno muy peculiar; un hermano con el que solía hacer negocios en conjunto y/o trueques; un hermano de respaldo, los cuales solían ayudarse siempre y encubrirse en sus sociedades anónimas. Si bien es cierto que su hermano era también un drogadicto acérrimo –muy bueno para los abordajes a civiles-, el sujeto era conocido por su carácter sentimental a la hora de hacer negocio, ya que tenía la tendencia de compenetrarse demasiado con sus víctimas, haciendo de este una víctima también. Su punto débil era el exceso de confianza. Pero había otra cosa que de la cual Juan tenía presente. A pesar de que Max era su hermano, Juan no confiaba en él; Max era un tipo codicioso, capaz también de hacer cualquier cosa por conseguir sus bienes. En favor a ello, Juan decidió darle como obsequio a su hermano a la mujer en cuestión, y hacer de este el nuevo victimario, no sin antes demostrarle a Diana el camino hacia la realidad. Este presente le haría ganarse –más- el respeto de su hermano mayor y reafirmaría (a Max) su contundente superioridad para hacer que los negocios no solo se hagan, si no prosperen hasta llegar al éxito total. El resultado del traspaso de bienes no era de mucho interés para Juan, ya que lo único importante para él era el hecho de desvincularse por completo del negocio y de la manutención del feudo. No quería tener deudas con la mujer.
Para antes de la tan ansiada transferencia, Diana empezaba a sentir el rigor de la inexistencia. Sentía que el hombre se le estaba yendo y que, quizá, tendría que volver a sus desesperadas opciones abiertamente preferenciales. Ella sabía que él no disfrutaba mucho de las comodidades civiles que le brindaba y que con eso no lo iba a poder retener, así que empezó a celarlo y a juzgar los lapsos de tiempo que él le dedicaba que, si bien es cierto, eran escasos. Ella decidió darle otros tipos de comodidades, las que él desease, ya que las conocía a la perfección y no le costaba trabajo alguno poder brindárselas; era más bien, todo un placer. Las noches de alcohol, estupefacientes y de sensaciones extremas eran largas. Dentro de esas actividades, sea en solitario –para la pareja- , sea en grupo, sea en su casa o en antros nocturnos, no faltaba la presencia de Max. Ella tenía en cuenta el “afecto” que tenía Juan para con su hermano mayor, y si él (Max) no estaba en compañía, pues, se le daba la compañía; claro está, del momento. Poco a poco fue entrando más el futuro dueño de la hacienda infecunda, hipnotizado por las comodidades vanas que generaba la mujer de gustos multicolores. Dos semanas más tarde –y casi tres meses después del inicio de la relación con Diana-, Juan estaba ya libre totalmente del polvo y paja de la muy andada mujer. Era hora de permanecer en casa, en el seno de su hogar.
En los días de permanencia en su hogar, Juan se sentía como un niño en los brazos de su madre; acogido siempre y sin preguntas después de un mal obrar o de una inocente travesura. Sentía la felicidad y por primera vez sintió los vestigios de un orgullo pulcro y hasta incluso, libre de castigo. Todo era perfecto en el hogar. Todo parecía tener sentido. Todo era fenomenal. Pero, nada puede ser perfecto; mucho menos para un enemigo público. Un día, mientras Juan iba camino a casa en vía a encontrarse con Beatriz, después de clases, encuentra en su mujer un rostro diferente. El no supo porque, pero al solo verla se le escarapeló la piel y sus manos empezaron a sudar frío. Temió lo peor. Al caminar por las calles, notaba en Beatriz un aire de superioridad y omnipotencia, con suma frialdad. El se secó las palmas de las manos con el pantalón, disimuladamente, mientras subían por las escaleras hacia el último piso. Ambos se sentaron en un rincón de las gradas, a las afueras de la casa de Juan, como siempre solían estar dentro de su barrio.
- ¿Vienes de estudiar?- Dice Beatriz mirando al suelo, con un notable miedo al hablar.
- Ehm…sí, claro. Justo hoy tuve una práctica. Que por cierto no la di mal. Me vino justo lo que había estudiado, felizmente.- Responde Juan, tratando de irse por la tangente.
- Juan- Haciendo énfasis y entonando su voz, prosigue- dime una cosa. ¿Te has visto con alguna chica, últimamente?
- Pues…no. Al menos de las que tú no conoces, no.- Dice Juan, esperando ver un cambio de semblante en el rostro de Beatriz.
Beatriz, mantiene su rostro serio y apagado, quizá también, temiendo lo peor.
- ¿Estás seguro?
Juan empieza a sentirse acorralado, pero mantiene la calma. “En tanto tiempo y después de tanta mierda, nunca he fallado. Ella no tiene ningún indicio como para sacarme al fresco. Es imposible”. Pero nada es imposible cuando hay y se tiene desorden. Él estaba tan dopado que la memoria le fallada. Y siguió mintiendo, sudando frío, hasta enredar sus mentiras, por cierto.
- Sí, claro. ¿Por qué? ¿Por qué me preguntas todo esto, ah?- Aplicando un poco de molestia a sus indagaciones, dice.
- O sea ¿Estás seguro?- Insiste Beatriz.
- Desde luego.
Dentro de la mente de Juan algo quería precipitarse. Era una idea, un recuerdo. Pero no lograba visualizarlo. La memoria le seguía fallando. Estaba demente y recuerdo, a la vez. Empezó a sentir pánico. No sabía porque, pero intuía que debía sentirlo.
- Bueno, he salido con algunos primos, tú sabes, reuniones familiares.- Dice Juan.
- ¿Entonces han sido primas?
- ¿De qué estás hablando, eh? ¿Tienes algún problema conmigo?
- Respóndeme.
(¿Que obtendrá él, si fue peor?)
- Bueno, ahora que lo dices, en el tiempo que dejamos de vernos, me venía a visitar una amiga-
En ese instante, antes de que Juan pueda continuar hablando, Beatriz cayó al suelo, de rodillas, y empezó a llorar como nunca antes la había visto. Esa escena quedaría marcada por siempre en el demente recuerdo de Juan.
- ¡¿Qué te he hecho yo, para que me hagas esto?!- Grita Beatriz, intentando retener el llanto- ¡¿Qué te he hecho yo?!
- ¡¿De qué hablas?! Ella solo es una amiga. Es más, ya ni lo es. Dime… ¡¿Qué te pasa?!
- ¡Ya me contaron todo!
Juan no concebía la idea de que Beatriz pueda estar al tanto de todos sus negocios. “Es imposible. De ninguna manera” Pensaba el hombre.
- ¿Te contaron qué?
- Eso ya no importa, Juan.
- ¡Dímelo!- Dice el hombre, sujetando a la mujer de los brazos ante su intento de escapar.
- Un día, mientras compraba unas cosas en "La tienda de la luz azul", me encontré con una mujer que nos conoce y me preguntó si aún seguía contigo. Le respondí que sí. Que en efecto, seguíamos juntos. Yo le pregunté el porque de su pregunta y me dijo que te había visto con una chica, aquí, en nuestro barrio, agarrados de la mano y abrazándose y mucha más mierda. Yo no lo creí. Es más, yo le dije que era imposible, ya que tú estudias todo el día y que en las noches siempre nos vemos; eso no daba espacio como para hagas esas cosas. ¡Era imposible! Pero ahora sé que era verdad lo que me dijeron.
Juan quedó sorprendido. Había olvidado por completo que Diana había ido a su casa en varias ocasiones para ser trasquilada, a insistencia de ella y que también la había acompañado al paradero un par de veces, pasando por las calles de su barrio. Recordó lo pegajosa que era cuando estaba junto a él. “¿Cómo pude ser tan indiscreto? No debí traerla hacía aquí” Lo que decía Beatriz era cierto, pero por poco tiempo.
- Ya basta. Lo que te dijo esa mujer es pura mierda. Sabes bien que ella siempre se ha dedicado a hablar mal de la gente. Nosotros no somos una excepción y sabes muy bien que nos tiene antipatía. Esa chica, a la cual mencionan, no es nada más que una amiga que vino a visitarme un par de veces, para conversar y hablar de algunos problemas que ella tenía. Eso era todo. Después de eso, dejó de venir. Quiero que te pongas a pensar, Beatriz. ¿Tú crees que sería tan tonto, queriendo engañarte, de hacerlo aquí, a la vista de todos? ¿No crees que alguien que engaña haría esas cosas donde nadie lo vea? Si ella vino hasta aquí, fue porque yo se lo pedí. No tenía intención de moverme por alguien que no tiene importancia. Lo que esa mujer dice que vio, no habrá sido nada más que simples empujones que a veces me daba, después de que me burlaba de sus malaventuranzas con su novio. Mira, debes cre-
- ¡Pues vete a la mierda! ¡No te creo nada! ¡Ya no te quiero ver más, NUNCA MÁS!
Beatriz se zafó de los brazos sujetadores de Juan, pateándole la parte frontal de su pierna con la punta de su pie, y se marchó bajando las escaleras prácticamente corriendo. Él fue detrás de ella, corriendo también, hasta llegar a su casa y tuvo que detenerse, ya que él no podía asomarse de tal manera, en gritos marciales. Ella entró y todo quedó allí. Se quedó parado y agitado, con un intenso dolor en la pierna. Estaba sangrando.
El ambiente rojizo, en la otra cara del rojo, espeso y denso, empezó a formarse en su mente. Su cabeza empezó a tambalear, de adelante hacia atrás, de atrás hacia delante. Pensaba y dejaba de pensar. Pensaba y dejaba de pensar. Por alguna razón, empezó a percibir dolor, aunque lo que más sentía era miedo. Ese extraño dolor, enmarañado en el ambiente con efectos sepia, empezaba a caldear y también a hacerse físico. Empezaba a causar ciertos estragos, ya que empezaba a distraerlo. Veía borroso y no podía respirar bien. El futuro era incierto. El hombre temía lo peor. “¡No puedo perderla justo ahora, mi esfuerzo habría sido en vano!” pensaba. Pero se estaba mintiendo, ya que en realidad, sus interiores estaban ya hechos uno con los de ella. Estaba enamorado por primera vez, en tanto tiempo y en tanta mierda, pero él no lo sabía. Y aunque lo llegase a descubrir, no lo toleraría.


Un día despertó, con el malestar típico de un trago barato. Estaba echado e inclinado hacía un costado en una cama de azar. Había tenido un sueño terrible, una pesadilla. Soñó que Beatriz era perpetrada por alguien que no era él y que era una perdida, que sea había convertido en un enemigo público, haciendo y deshaciendo con la destreza que él mismo (Juan) tenía; eso era inadmisible. “Putamadre ¿dónde estoy?” y se dio la vuelta. Vio a la mujer y se asqueó. “Se suponía que solo la dejaría en su casa…” Y ahogo una risa. Mientras observaba el reducido perímetro y la sangre, recordó su sueño e inevitablemente vio en la mujer, su mujer. "¡Mierda!" Se dijo a sí mismo, sujetándose con fuerza la cabeza. ¿Qué obtendrá él si fue peor?





Paraesología

Todos somos un número. Para todo somos todos un número.
En cada cosa y para todo, somos todos un número.
En la tierra o en los campos, somos todos un número para todos.
Y vaya que esos números no mienten. Pues los números nunca mienten.
Me gustan los números porque siempre dicen la verdad, cuantitativamente.
Ellos me “cuentan” la verdad de otros. Entonces, para poder saber la verdad, no debo buscar a esta, si no a sus números. Los números me “contarán” la verdad.
Yo debo interpretar a los números, ya que estos tienen la verdad. La verdad aunque duela o cause felicidad.
Si bien es cierto, yo interpreto los números a mi forma de pensar. Pero aunque mi forma de pensar, diferente sea de los demás, nunca dejarán de ser los números ni las ocurrencias que un día se permitieron pasar.
La verdad es difícil de encontrar, o de poder por completo revelar.
Uno puede caer en la locura, intentando romper el cráneo de otras personas, al no llegar a penetrar. La locura genera más debilidad. Es un círculo vicioso, temible de parar.

Los números me contarán la verdad. Debo dejarme guiar.

Yo tengo uno. Tengo un número. Pero es de algo especial.
Es especial porque no es un número cuántico. Es un número símbolo e impar.
¿De qué es el número? Eso, solo yo lo sé y nadie más.
Por más que sepan el número, jamás sabrán la verdad. Mi verdad.
Yo no revelo mis números, a nadie. Al menos, nunca la exacta cantidad.
Es por eso que nunca sabrán toda la verdad. Claro, en caso pudiesen saber esa nimiedad de verdad, que adrede o de casualidad, dejo escapar.
No me será tan difícil contar, ya que (la gente) no es buena tratando de ocultar sus trastos y suciedad.
Solo debo ir contando y cada vez sabré más la verdad. Esta me llevará a ciudades extranjeras o quizá, solo a mi propia ciudad. Que te parece…empecemos a contar.
¡Hoy se inicia el conteo final!


12/20/09 10:00

diciembre 13, 2009

El conocimiento

Que aburrido.
Ya no quiero estudiar más. Ahora quiero trabajar, ya.
Me cansé de estudiar, no se puede estudiar más.
Ya no soy aquel estudiantil capaz y aplicado.
Quiero dinero, mucho dinero. Mucha ganancia.
Quiero gastar ese dinero y compartirlo con los herederos.
El olor de cada libro me lleva a recordar esos tiempos de escuela.
Ya no se puede estudiar más. Ya boté mis libros.
No quiero estudiar más.
Ahora…

"Quiero trabajar para ti"



02/03/08 19:53

diciembre 09, 2009

Versión 1.0 (2)

Con poco tiempo de vida y con el peso ajustando sus muñecas, Héctor delibera como ninguno otro, afrontando valiente y responsablemente el precio de haber reiniciado su vida. La casa esta desolada, desordenada, con una avaricia de platos rotos y de sangre. Sangre de ojos. Sudor de ojos. Los niños que un día se crearon y crecían en la mente fusionada de dos seres se esfumaron, junto con el jardín de atrás, las escaleras que llevan a la terraza, la hamaca debajo de la palmera, los graffitis en el techo principal, la flor al costado de la cama, las sabanas blancas de esta y el amor por la pureza.
Tenía en su boca, el sabor de su derrota; tenía en sus manos las manos de esta, escurrida pero sonriente. Bufona. A su vez, llevaba a una muñeca en su otra mano, escurrida del mismo modo, con cara de trapo pero encendida por el fuego que ocasiona la perfidia y también la derrota. Era él un guerrero minusválido que luchaba por una nación bifurcada, dividida, -repito- desolada. No era un trato justo pues la paga era mala. La misión: rescatar un cadáver entre los desechos de otras personas muertas en el anterior accionar del soldado cuando aun tenía la fuerza diestra.
El frío quemaba lo que quedaba de sus pies al caminar y el sol calentaba lo que quedaba de su cabeza a la hora pensar.
Sabía que lo peor de ser derrotado era sentirse acabado. Así que respiró doble; una bocanada para él y otra para el cadáver.
Empezó a escuchar comentarios y a ver escritos con pintura roja en las paredes de ciudades sin gente, en la que decían que era una misión imposible y que moriría en el intento, tal parecido o igual que en sus viejas piruetas mortales. La óptica de la misión era amplia; tan amplia que no se podía ver el margen de esta. Empezó a odiar su alimento: La carne de los ángeles caídos. Detestaba, ahora, lo que siempre había consumido. No hay una lógica aparente.
Así es. Mucho menos una cura aparente para su enfermedad y de la carga. Así fue como comenzó también a inyectarse morfina de la más barata. El dolor se menguaba y por momentos –mientras duraba el efecto de la droga- perdía la sensación de la enfermedad, pero luego dejaban efectos secundarios como traumatismos encéfalo-craneales, epilepsia, convulsiones, auto mutilación, espasmos nerviosos, sensaciones de ahogo, condición extrema a critiquizar, Amok, y demás alucinaciones extravagantes.

Es difícil estar fuera de lo creado y estar al otro lado de la valla, sentado en piedras angulares con formas de navajas, con olor a perfumes baratos y a pasto recién cortado.

- Tienes que permanecer más tiempo en casa muchachón.
- Lo sé, pero tengo que drogarme, si no, ni fuerzas.
- Ve, ve. Haz lo que tengas que hacer.
- Solo es para poder mover la máquina. Es todo. Detesto mi pobre alimento.
- Y pensar que de eso vivías (Risas).
- Si, pero ya no me hace las tareas.
- Ah, si pues.

"Tu deber era incendiar su alegría"


03/01/09 19:20

diciembre 04, 2009

Versión 1.0

(Por un momento me detuve a pensar y a tratar de entender como se operan los números)

Se que has aprendido a sonreírle a la muerte y que hasta has sido más cruel que ella. Aún recuerdo muy bien ese día. Estaba rojo, enajenado, sediento, ensangrentado y perforado por las agujas plateadas cuando me dije "He quemado hasta el mismo fuego y asesinado hasta la misma muerte". Ese día supe que había llegado al punto máximo y creí que nunca llegarías a nacer. Pero me equivoqué.

Años después naciste. Y no de mí, si no de todo lo contrario y precisamente de lo que después me asesinaría.
Mi muerte no fue rápida y fue la más cruel que se puede aplicar a un asesino: La muerte lenta. Así fue que, como yo, al borde de la muerte y en el ocaso de mi vida intempestiva, y tú, en el duro inicio de una vida apasionada, nos vimos las caras reflejadas por primera vez.

Sé que fue duro, lo sé, que tu madre muriera en tu alumbramiento. Sé que es una carga muy fuerte de llevar y de sobrepasar, con solo pensar que te dieron la vida y que el precio fue otra vida: La de la persona amada.
Empezaste a vivir –de nuevo, muy joven- e inmediatamente tu sangre perdía su color y se derramaba. Se dice que su primer amante no fue otro hombre, si no el mismo frío. El frío de sus puños en contacto con tus mandíbulas.
Sé también que hasta me culpas en gran parte de la muerte de esa persona, pero déjame decirte que yo, en ese entonces, no era solo yo, eras tú también; tus manos eran mis manos y mis víctimas las tuyas. Nuestra visión era amplía y lo veíamos todo.

- ¡¿Pero por qué no vimos esa mano sincera y altruista que nos daba ayuda?!
- Tarde.

La Madre murió con una promesa a priori de su muerte de revivir algún día. Desde ahí te quedaste sin hogar, sin un techo, sin palabras que poder dar y demás.
Pasó el tiempo y empezaste a caminar en cuatro patas para no sentir demasiado el peso de tu carga. No es saludable vivir de bajo de los puentes pero aunque sea no te mojas cuando llueve…pero sientes lo gélido de tu interminable estación.
Se te escucha aullar por el frío que ahora no te golpea, más te clava lentamente. Ahora sabes como es sentir algo no agradable que duerme contigo día y noche junto al frío. Tu cola acolchada (tu pasado y tus recuerdos) te ayuda a abrigarte.

Nadie sabe lo que hay allí detrás, porque simplemente callas para no escuchar lo que sientes. Nadie merece saber, por lo menos son pocos los admisibles. Además, ¿Buen motivo alguno para confesarlo y decirlo? No lo hay. (¿O si?)

Se que buscas un hogar, un techo, palabras que dar y demás. Sé que ha pasado el tiempo y quieres volver a caminar en dos patas en señal de haber desestimado tu carga. Pero también sé que desestimas los alquileres...y estimas la transparencia y la comprensión.

¿Alguien quiere adoptar a este cachorro?



- Yo también aprendí muchas cosas y sigo aprendiendo otras. Y claro que me arrepiento...¡Por qué pude haberlo hecho mejor! (Risas)
- Si, se nota...
- ¿Deseas que me encargue de todo?
- No.
- Cuando tú desees, llámame.





En verdad nunca pensé ser aniquilado por la víctima. Ahora solo tenemos la visión del vacío.


"¿Puedes ver el vacío?"




10/02/09 01:00

septiembre 22, 2009

"M"

Luego del gran suceso, te veía caminar. Lo hacías despacio y con la frente marchita. ¿Quién lo pensaría de ti? Recuerdo que una vez me llamaste "Sucio" y me dijiste "Me transmites tu hedor, apestas". Me tomaste por sorpresa. En realidad, me tendiste una trampa. No sé como fuiste capaz de ser complice de mi muerte, a pesar de que aún tú no existías. Confabulaste con tu madre mi derrota. Creíste que el cobro se había hecho cenizas junto conmigo, pero no, te equivocaste. Al menos eso yo creo. Aún no termina todo esto, debes pagar.

Pero, a pesar de todo, seguiste consumiendo.

Acabar con todo, borrarlo todo, cortarlo todo, hasta incluso, bajar el arma, no es tu libertad mental; es simplemente quedarte indefenso. ¿Crees que todo ha terminado? Sinceramente por un momento lo creí. Quizá ya era hora de que seas libre, pero al parecer, recién comienza. Yo te lo advertí.
Serías tú quien cargue con mi consumo; y por eso yo te lo agradesco. Ibas a pagarlo todo, en el solsticio de nuestra vida moderna.

En realidad, simplemente apretaste un botón: El botón de la cuenta, de fin de servicio.
Te deseo buena suerte. Aunque igual da, es la misma...

septiembre 16, 2009

Anestesia

"Llegué, no estoy en suelo, lo sé. Ahora estoy ciertamente más de pie. A ver que resulta de esta vez… ¡Ah! No me arrepiento. Aquí voy, soy un ladrón.Ya casi me voy… ¡Ya! Acabé. Ya no estoy más de pie. Cada vez que yo soy, vamos a jugar a esto que yo sé jugar. Tú no sabes quien está aquí. Tú no sabes que hay aquí. Ha! Vamos a jugar a esto que yo sé jugar." Un ladrón iba caminando por el sendero de un incauto peatón, con los ojos fijos en su cartera. El ladrón se acerca, hace sonar su caminar, y lo embiste, amenazandolo con una espada. El ladrón de repente baja su mirada. - ¡Toma mi cartera! - No. No quiero tu cartera. - ¡¿Qué quieres entonces?! - Quiero tu vida. Tendrás que morir. El peatón cae al suelo. Se queda sin vida. El ladrón se queda mirando unos instantes antes de irse. Da unos paso hacia adelante y regresa. Toma la cartera y se va.